El obradorismo y la soberanía
Mayo 2026
Fernando Rodríguez Doval
La soberanía es una de las características del Estado moderno. Uno de los primeros teóricos que ahondó en este concepto, Jean Bodin, aseguraba que un poder soberano es un poder “sobre el cual no hay otro”. La soberanía implica, por lo tanto, que un Estado ciertamente no se someta a las directrices de otro. Pero implica también que al interior del propio Estado no existan fuerzas que compitan con éste en aquellas áreas donde tiene el legítimo monopolio, concretamente la extracción fiscal y la utilización de la fuerza.
Así, podemos afirmar que la soberanía no se pierde únicamente por intervención extranjera; también se erosiona cuando el Estado deja de ejercer control efectivo sobre su territorio.
México ha dejado de ser un Estado plenamente soberano desde el momento en que amplias regiones del país están en poder del crimen organizado. En esos sitios, el Estado no puede imponer el monopolio de la fuerza, ya que otros grupos la ejercen de forma impune. Mucho menos puede imponer el monopolio de la extracción fiscal: el crimen organizado cobra derecho de piso y amenaza a quien no lo paga. Desde que Andrés Manuel López Obrador impuso la absurda política de “abrazos y no balazos”, se dio un pacto claro entre la autoridad y el crimen. Un pacto que hoy está documentado en las Cortes estadunidenses y que tuvo como consecuencia, incluso, la abierta participación de los grupos delictivos en las elecciones, para favorecer a los candidatos de Morena.
No es sorpresa que, en este contexto, el país tenga índices de homicidios y desaparecidos propios de un país en guerra. El Estado no solamente decidió renunciar a combatir al crimen organizado, sino que en muchos lugares del país se alió con él. Mientras tanto, poblaciones enteras han sido arrasadas por los criminales, y cientos de miles de personas han sido víctimas de esta situación.
Hoy el obradorismo se rasga las vestiduras por la intervención del gobierno de los Estados Unidos en el tema. Paradójicamente, enarbolan el argumento de la soberanía, a la que el obradorismo conscientemente renunció. Se quejan de una intervención inadecuada y todo aquel que ose cuestionar al gobierno de México en este tema inmediatamente será calificado como traidor a la patria. ¿Puede existir mayor contradicción?
La relación con Estados Unidos en materia de seguridad siempre ha sido delicada. Existe una línea fina entre cooperación y dependencia, y cruzarla tiene costos políticos y estratégicos. No obstante, cuando el propio Estado reconoce limitaciones operativas en ciertas regiones, la presión externa tiende a aumentar. Ahí surge la paradoja: cuanto más débil es el control interno, más difícil resulta sostener una postura firme frente a actores externos.
¿Acaso envolverse en la bandera nacional puede suponer un alivio para el pequeño empresario al que lo extorsionan en su negocio?, ¿La invocación a la soberanía dice algo a quienes tienen algún familiar desaparecido? La soberanía se defiende con instituciones eficaces, no sólo con discursos patrioteros. La primera soberanía que se debe garantizar es la del Estado al interior de un territorio, con la aplicación de la ley y la salvaguarda de la vida e integridad de las personas. Morena ha renunciado expresamente a eso, por lo que el resto de su retórica resulta hipócrita e incongruente.