Un Mundial entre el miedo y la simulación
Junio 2026
Fernando Rodríguez Doval
En unos días más iniciará una nueva edición de la Copa Mundial de Fútbol y México será por tercera ocasión sede de la misma, en esta oportunidad coorganizando el evento con Estados Unidos y Canadá. En nuestro país se disputarán 13 partidos, tres de ellos en Ciudad de México, cuatro en Guadalajara y cuatro en Monterrey.
Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió en las anteriores ocasiones en que nuestro país fue organizador del más importante evento futbolístico –1970 y 1986—, el ambiente en el país dista mucho de aquella efervescencia colectiva que convirtió a esos torneos en auténticas fiestas nacionales.
En 1970, el Mundial coincidió con un México que todavía creía en la modernización estabilizadora, en el crecimiento económico y en la posibilidad de proyectarse al mundo como una nación en ascenso, a pesar de padecer un gobierno enormemente autoritario. En 1986, pese a la reciente tragedia del terremoto de 1985 y la crisis económica, el campeonato también funcionó como un momento de cohesión emocional, de orgullo nacional y de catarsis colectiva frente a la adversidad y la ineptitud del gobierno.
Hoy el contexto es distinto. México llega al Mundial de 2026 en medio de una profunda crisis de violencia e inseguridad. Las masacres, desapariciones, cobros de piso y disputas territoriales del crimen organizado forman parte de la vida cotidiana de amplias regiones del país. Resulta difícil construir un ánimo festivo nacional cuando buena parte de la población vive con miedo o con la percepción de que el Estado ha perdido el control en vastas zonas del territorio.
A ello se suma el creciente desgaste institucional y político. La corrupción gubernamental está peor que nunca. La presidenta Claudia Sheinbaum ha heredado y profundizado la política de “abrazos, no balazos” impulsada por Andrés Manuel López Obrador, la cual terminó convirtiéndose en una forma de tolerancia o pacto de facto con grupos criminales. Por más que el obradorismo se niegue a reconocer lo evidente, lo cierto es que la percepción de inseguridad sigue siendo altísima y ha erosionado el estado de ánimo colectivo.
En ese contexto, el Mundial parece avanzar más como un gran operativo de imagen gubernamental que como una auténtica celebración nacional. Después de años de abandono, el gobierno federal y el de la Ciudad de México emprendieron de última hora trabajos de remodelación en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, cuyas instalaciones acumulan años de deterioro, saturación y deficiencias estructurales. Hicieron en el aeropuerto el mismo trabajo que hace quien barre la casa y esconde la basura debajo de los tapetes antes de que lleguen los invitados a una cena.
De manera similar, varias de las principales avenidas y zonas turísticas de la capital han sido intervenidas aceleradamente, incluyendo una exótica decoración con ajolotes y el repintado de mobiliario urbano en color lila, después de décadas de abandono. Han de pensar que los ciudadanos no tenemos memoria. Decía López Obrador, en una de sus célebres afirmaciones en las que se mezclaban remedos de historia y filosofía, que “tonto es quien piensa que el pueblo es tonto”: según esa aseveración, los gobiernos morenistas son extraordinariamente “tontos”, por decir lo menos.
Y es que para muchos ciudadanos estas obras tienen un fuerte componente cosmético, una operación de maquillaje urbano destinada a ofrecer una mejor postal internacional durante las semanas mundialistas, sin resolver problemas de fondo que llevan años afectando a la ciudad y al país.
La paradoja es evidente. México volverá a ser observado por miles de millones de personas alrededor del planeta. El fútbol volverá a colocar al país en el centro de la conversación global. Pero detrás de los estadios renovados, de las campañas turísticas y de las calles recién pintadas, persiste un país marcado por la violencia, la polarización, la corrupción y el desencanto. Quizá por eso el Mundial de 2026 no despierta todavía aquella ilusión casi unánime que sí acompañó a México en 1970 y 1986. Entonces el fútbol parecía una celebración nacional compartida. Hoy, para muchos mexicanos, la prioridad ya no es la fiesta mundialista, sino recuperar algo mucho más básico: la tranquilidad, la seguridad y la confianza en el futuro. En todo ello, Morena ha fallado.