Una perspectiva humanista de la IA

Junio 2026

Gerardo de la Cruz

La Nación

La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí sola: toma el lado de quien la controla. Por eso la pregunta urgente no es si la usamos, sino para qué y para quién. No basta con innovar; el verdadero progreso consiste en que esa innovación contribuya al bien común y a la dignidad humana. ¿Puede la IA eficientar recursos y mejorar la vida de las personas, antes que quitar trabajos, vidas e incrementar la brecha entre quienes se benefician y quienes no?

La última semana de mayo, el papa León XIV presentó la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, en la que aborda la perspectiva de la Iglesia católica frente a la tecnología, por supuesto, la inteligencia artificial, junto a la nanotecnología, la robótica y la biotecnología. El documento se apoya en dos figuras bíblicas: la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén. Por un lado, la torre de Babel, un proyecto sin principios ni fe, basado en la soberbia, que pretendía llegar al cielo; alude a las consecuencias de no contemplar la ética, pues deshumanizar los avances puede ser desastroso.

Por otro lado, la reconstrucción de los muros de Jerusalén, donde Nehemías reunió a habitantes, peregrinos, líderes religiosos y distintos gremios para levantar juntos una muralla que diera seguridad a la población; alude a hacer partícipes a los diferentes sectores para que, con principios y ética, se beneficie a toda la sociedad.

En la presentación, León XIV recordó que su antecesor, León XIII, vivió una época de incertidumbre por la revolución industrial, y que de ahí surgió la encíclica Rerum Novarum, origen de la doctrina social de la Iglesia. León XIV considera que estamos en una situación similar, lo que nos dice que estos avances tienen un alto potencial de cambiar la vida como la conocemos. Me parece importante resaltar que la ideología panista es influida por el humanismo político, que también encuentra raíces en la doctrina social de la Iglesia, y que en Magnifica Humanitas se retoman conceptos como el bien común, la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad —los pilares del PAN— trasladándolos al contexto actual.

El sumo pontífice plantea un paradigma interesante: ¿cuál es el papel del ser humano en la sociedad? Refiriéndose a una economía de la atención, los productos y los servicios, en su discurso de presentación subrayó que nadie puede quedarse al margen de la transformación digital y que nadie puede ser reducido a productividad, rendimiento cognitivo o meros datos. Y recordó que el valor de la persona es más que el de un ente económico: lleva en sí una libertad, una interioridad y una vocación al amor que ninguna máquina puede reemplazar. En cuanto al nuevo capital informático, advirtió que los usuarios quedan reducidos a una suerte de “siervos digitales”, pues cedemos nuestros datos —gustos, preferencias, ubicación— para que las plataformas vendan publicidad altamente segmentada. Alertó, además, sobre los peligros de usar la IA con fines armamentísticos, y animó a empresas y gobiernos a limitar su uso en la guerra y orientarlo a la prosperidad y el bien común, sin convertirlo en instrumento de dominación, exclusión o muerte.

Existe también una paradoja con corrientes como el poshumanismo o el transhumanismo, pues el rasgo que distingue al ser humano no es la eficiencia absoluta. Aquí cabe una comparación reveladora: la tecnología puede construir torres de sistemas automatizados como Babel, pero sólo la empatía humana es capaz de sostener las murallas de una comunidad. Por eso importa poner al ser humano, su dignidad y el bien común en el centro.

Conviene una precisión, porque suele confundirse: la IA se llama así porque imita capacidades humanas, pero no opera con la lógica del ser humano. Para funcionar necesita enormes cantidades de datos que ya existen —libros, arte, fotografías— y los procesa mediante fórmulas matemáticas llamadas algoritmos, con las que predice de forma probabilística un resultado: carece de conciencia moral y no puede equipararse al valor humano. De ahí una distinción que conviene fijar: la tecnología no es buena ni mala, pero tampoco es neutral, porque toma el rostro de quien la diseña, la financia y la utiliza.

 

Cómo trasladar estos principios de la doctrina a políticas específicas

Hoy el PAN no cuenta con un marco que oriente a sus legisladores y cuadros frente a la IA. Propongo construirlo sobre sus cuatro pilares: así, igual que hace la encíclica, se actualiza un lenguaje que el panismo ya lleva en su ADN.

  • Dignidad de la persona. Protección de menores y familias en el entorno digital: límites de edad, responsabilidad de las plataformas —sin descargar el peso en las familias— y combate frontal a la explotación en red.
  • Subsidiariedad. Transparencia algorítmica y rendición de cuentas: que toda decisión automatizada que afecte un derecho —un crédito, un empleo, una beca, un programa social— sea explicable, impugnable y con un responsable humano identificable.
  • Solidaridad. Justicia laboral en la transición digital: que la automatización venga acompañada de recapacitación y que el costo del cambio no recaiga sólo sobre el trabajador, en un país que es una de esas economías híbridas donde conviven el empleo precario y la tecnología parcial.
  • Bien común. Los datos como bien colectivo: patentes, algoritmos e información —sobre todo sanitaria y demográfica— no pueden quedar en manos de unos pocos, corremos el riesgo de un nuevo colonialismo de datos.

 

Cada país puede —y debe— trasladar estas propuestas a su realidad. En México, la brecha de conectividad entre la ciudad y el campo agravará cualquier transición, por lo que un primer paso ineludible es garantizar el acceso. La vigilancia independiente de la IA cobra aquí especial relevancia, porque exige recuperar el contrapeso de los organismos autónomos. Y el costo ambiental local —el consumo de agua y energía de los centros de datos— obliga a decidir con cuidado dónde y cómo se instalan, para no castigar a las comunidades.

No podemos sólo señalar hacia afuera: si el PAN va a exigir transparencia algorítmica, conviene que empiece por la suya. La propia encíclica da el ejemplo cuando la Iglesia pide perdón por culpas históricas; el autoexamen es condición de toda ética creíble.

Como dije al principio, la tecnología es apenas un instrumento; somos la humanidad quienes le damos la vía para actuar. Al final podemos convertirnos en nuestros peores enemigos: el sesgo está por completo de nuestro lado. Si me preguntan, la mejor utilidad de la inteligencia artificial debería ser una muy sencilla: vivir mejor. Estamos, como advierte León XIV, en un punto donde podemos labrar nuestro acabose o forjar una civilización del amor, esa que él describe así: “El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa”.

A cada quien, su tramo de muralla, al desarrollador le toca el suyo; al legislador, también. Entonces, con este contexto, ¿cuál será tu decisión: entrar a la discusión o dejar que alguien más lo haga por ti?