Cuando el camino ya está abierto, pero no comprendido: mujeres, poder y responsabilidad política

Abril 2026

Annia Alicia García García

La Nación

El avance de las mujeres en la política mexicana suele narrarse como una historia de conquistas: reformas logradas, espacios abiertos y una mayor presencia femenina en los ámbitos de decisión. Sin embargo, ese relato, aunque cierto, resulta incompleto. Abrir el camino no garantiza, por sí mismo, una comprensión real de lo que implica transitarlo, sostenerlo y ejercer poder desde ahí.

María Elena Álvarez Bernal ejerció liderazgo en un contexto en el que hacerlo exigía carácter, convicción y claridad política. No encabezó desde la validación ni desde la comodidad institucional; lo hizo cuando la participación de las mujeres en la vida pública era cuestionada y el costo de asumir autoridad era alto. Su legado no fue simbólico, sino profundamente político: demostró que la presencia de las mujeres sólo adquiere sentido cuando se traduce en decisión, conducción y responsabilidad pública.

Hoy, muchas de las puertas que ella ayudó a abrir están formalmente abiertas. No obstante, persiste una paradoja: se acepta la presencia de las mujeres, pero no siempre se reconoce su autoridad. En la práctica cotidiana, el liderazgo femenino continúa enfrentando exigencias adicionales de justificación, legitimación y desgaste que rara vez se imponen con la misma intensidad a los hombres.

La violencia política en razón de género no se expresa únicamente a través de agresiones visibles. Con frecuencia adopta formas más sutiles: exclusión de los espacios donde se decide, cuestionamientos permanentes a la capacidad o la normalización del desgaste como parte inevitable del ejercicio político de las mujeres. Estas dinámicas no sólo afectan trayectorias individuales, sino que debilitan la calidad democrática.

Desde su visión humanista, el Partido Acción Nacional ha sostenido que la dignidad de la persona es el eje de la vida pública. Este principio ha permitido avances importantes en la participación de las mujeres, pero también exige una revisión constante de cómo se ejerce el poder dentro de las propias estructuras. El liderazgo femenino no puede reducirse a una narrativa de acceso ni a una presencia simbólica; implica asumir responsabilidad política plena, con capacidad real de decisión y resultados.

Honrar el legado de quienes abrieron camino no consiste únicamente en nombrarlas. Implica comprender el contexto en el que actuaron, reconocer las resistencias que enfrentaron y asumir que el ejercicio del poder por parte de las mujeres no siempre es cómodo ni decorativo. Aferrarse a ese legado supone aceptar que el liderazgo político exige preparación, carácter y convicción, incluso cuando incomoda.

El debate sobre si las mujeres pueden participar en la política está superado. El desafío actual es construir una cultura política que entienda que, cuando las mujeres deciden, el poder deja de ser un privilegio individual y se convierte en una responsabilidad colectiva orientada al bien común.