No fue resistencia, fue existencia

Abril 2026

Ruth Esbeidy Aguilar Hernández

La Nación

Durante siglos, a las mujeres se les negó la plaza pública, la tribuna y la firma. Sin embargo, no estuvieron ausentes de la vida política. Participaron de otra forma. No desde la confrontación abierta, sino desde el silencio estratégico. No fue resistencia: fue existencia.

Históricamente, las mujeres han sido el centro de la familia, y la familia ha sido el primer espacio político. Desde ahí -desde la crianza, la contención y la toma cotidiana de decisiones- muchas ejercieron una influencia profunda en la vida pública mexicana, aunque su participación permaneciera invisible. El tiempo, que finalmente coloca a cada quien, en su lugar, ha comenzado a nombrar esa realidad: hoy se reconoce a las mujeres como jefas de familia, no para desplazar al hombre, sino para admitir que el rol femenino ha sido una pieza estructural en la organización social y política del país.

Ejemplos históricos como el de Josefa Ortiz de Domínguez permiten comprender esta forma distinta de ejercer poder. Cuando el espacio público estaba vedado, el hogar se convirtió en centro político; la información, en herramienta; y la palabra dicha a tiempo, en acto decisivo. Como ella, muchas mujeres pensaron el país sin firmarlo, sostuvieron procesos sin ocupar cargos y habitaron el silencio no como sumisión, sino como forma de acción.

Sin embargo, la primera crítica hacia la participación política de las mujeres ha sido la falta de preparación. Y en algunos casos, esta crítica no es infundada. No todas las mujeres que incursionan en la vida pública lo hacen con formación suficiente: algunas cuentan con convicción cívica, pero carecen de herramientas técnicas. Pero reducir este fenómeno a una condición de género resulta simplista. La falta de preparación no es un problema exclusivo de las mujeres, sino una falla estructural de la vida política, históricamente tolerada en los hombres y severamente cuestionada en ellas.

Hoy, además, el contexto ha cambiado. Un porcentaje del presupuesto de los partidos políticos está legalmente destinado a la capacitación y formación de las mujeres. El problema ya no es la ausencia de recursos, sino la superficialidad de su uso. Con frecuencia, estos presupuestos se diluyen en capacitaciones que motivan, pero no forman; que visibilizan, pero no preparan; que cumplen con una obligación administrativa, pero no con una responsabilidad política real.

La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿estamos formando mujeres para ocupar espacios o para ejercer el poder con responsabilidad? ¿O simplemente se están posicionando perfiles que obedecen intereses ajenos, moviéndolas como piezas de ajedrez dentro de estrategias que no les pertenecen? El legado de María Elena Álvarez Bernal nos recuerda que la mujer en política no es un adorno decorativo ni una cuota de oportunidad, sino una fuerza de pensamiento independiente que debe rechazar cualquier intento de ser utilizada como una simple pieza de tablero.

Hoy que los techos de cristal parecen haberse roto y los cargos más altos del país llevan nombre de mujer, la pregunta no es si podemos estar, sino bajo qué condiciones nos permiten llegar. Si la llegada al poder implica el sacrificio de la autonomía de pensamiento, no estamos ante una conquista histórica, sino ante una sofisticación de la exclusión.

Porque cuando la participación se reduce a la obediencia, el poder se vacía de contenido y la conquista histórica pierde sentido. No se trata sólo de estar, sino de ejercer con libertad de pensamiento, vocación cívica y responsabilidad. Hoy, algunas mujeres continuamos resistiendo no por confrontación, sino por existencia. Y en ese horizonte cobra vigencia el pensamiento de Manuel Gómez Morin, quien sostenía que las ideas y los valores del alma son nuestras únicas armas; no tenemos otras, pero tampoco las hay mejores. Ahí reside, todavía, la posibilidad de una participación política auténtica y digna.

Ruth Esbeidy Aguilar Hernández es originaria de la Ciudad de México.