Bienestar, bien hacer y bien ser

Enero 2026

Javier Brown César

La Nación

El bien humano es algo más que la simple plenitud de la vida biológica y diferente del crecimiento económico y el bienestar material: es la humanización de las condiciones materiales del vivir. En esta frase que tomamos de la Proyección de Principios de Doctrina 2002 encontramos las limitaciones propias de toda política basada en el simple bienestar.

El bienestar es la condición mínima indispensable para gozar de bienes superiores, ya que se basa en un estado de satisfacción física y confort. Pero el bienestar, por sí mismo, es insuficiente: con los animales compartimos dicho estado de satisfacción, que nos reduce a la elemental complacencia que consiste en hacerse cargo de las necesidades del yo, pero no nos permite ir más allá, mientras no incluyamos las restantes dimensiones del bien.

En efecto, el texto citado de la Proyección postula que “El Bien Común facilita el despliegue de la persona y el establecimiento de espacios culturales para el ser humano. La máxima expresión del mismo, es un orden social cooperativo y solidario en el que las personas vivan a plenitud el bien ser, el bien hacer y el bien estar, garantizando que las generaciones por venir también tengan acceso a estas posibilidades planificadoras”.

El bienestar nos reduce a la mera animalidad, nos zoologiza y bestializa, si no somos capaces de trascender dicha dimensión del bien, para ir más allá, hacia la dimensión trascendente de la ética y la política, esto es, el bien hacer. La vida animal se basa exclusivamente en el bienestar, de ahí que en el animal no podamos hablar de la vida en el sentido de realización plena del ser, sino simplemente de una vida vivida sin trascendencia; de ahí que en el mundo animal no existan las biografías -a menos que las construyamos nosotros mediante documentales en los que pretendemos reconstruir vidas animales- sino sólo descripciones zoológicas. Por ello, a las leyes de protección animal se llaman leyes de bienestar.

La política del bienestar reduce la sociedad al zoo humano de Desmond Morris, un estado de permanente autosatisfacción y autocomplacencia descrito por Zygmunt Bauman en su obra póstuma llamada Retrotopía: “Da la impresión de que una gran mayoría de nosotros no le preocupa ni lo uno ni lo otro (ni el futuro ni el pasado) y se ocupa más bien en hallar modos de aplacar las insoportables perspectivas recurriendo a dispositivos propensos a dar satisfacciones pequeñas pero diarias: estas personas rebajan así aspiraciones y expectativas tras replegarse en el engañosamente seguro refugio de la preocupación por uno mismo y de lo autorreferencial”.

Esta cerrazón en el yo, cierra la dimensión de la trascendencia, clausura una de las ventanas de apertura de la persona humana al otro y dinamita toda posibilidad de amor y solidaridad, cuya vitalidad se basa siempre en la dinámica del bien hacer. El bienestar desmonta en sus cimientos la solidaridad y los valores vinculados a este pilar del humanismo: empatía, veracidad, indignación ante el dolor y compasión. Reducidos a la política del bienestar, los seres humanos, además de zoologizados, viven en un aislamiento brutal y en lo que Bauman llama regresión al vientre materno: “los humanos no hemos sido creados para llevar una existencia solitaria; tampoco sería concebible que la lleváramos y siguiéramos siendo humanos. Pero en el nirvana del seno materno no hay otros seres humanos…”. Los seres humanos reducidos al mero bienestar, viven una existencia egoísta, narcisista, autorreferencial, apolítica.

El bien hacer conlleva siempre abrirse a la dimensión de la trascendencia: hacia los otros y hacia el absolutamente otro. La dimensión del bien hacer obliga a inclinarse ante la presencia de otra persona en un acto de reverente reconocimiento, nos obliga a entregarnos sin condiciones, en un acto de apertura y amor definitivo. Como afirmaba Levinas: “El Yo ante Otro es infinitamente responsable”. Ahí comienza propiamente la dimensión política, el salir del yo y sus afanes para trabajar, entendiendo el trabajo como una actividad exclusivamente humana, un deber ineludible de servir, que se enaltece sobremanera cuando se trabaja en política.

El bien hacer conlleva siempre un despertar, un abrir los ojos hacia los demás, un hacerse cargo responsablemente de las demás personas. La frase consagrada en el libro Yo estoy bien, Tú estás bien debe invertirse definitivamente, superando los afanes limitados del yo -el egoísmo, el narcisismo y la autorreferencialidad-: “Sólo si tú estás bien, yo estoy bien”. El bien propio depende entonces del bien común y, por ende, hay que trabajar de forma decidida y disciplinada para lograr el bien común como conditio sine qua non del bien propio.

Sólo a partir del bien hacer es posible lograr la plenitud del ser, plenitud que va más allá del mero tener. Como bien afirmaba Juan Pablo II en Sollicitudo Rei Socialis: “Este es pues el cuadro: están aquéllos —los pocos que poseen mucho— que no llegan verdaderamente a «ser», porque, por una inversión de la jerarquía de los valores, se encuentran impedidos por el culto del «tener»; y están los otros —los muchos que poseen poco o nada— los cuales no consiguen realizar su vocación humana fundamental al carecer de los bienes indispensables”.

El culto al tener desmonta en sus cimientos las posibilidades de plenitud del ser, las sepulta en sus raíces, porque el ser pleno implica un reto, una salida de la autocomplacencia, para llevar al máximo los dones recibidos: talentos, virtudes, cualidades, habilidades, conocimientos y aptitudes. Nuevamente Juan Pablo II: “El mal no consiste en el «tener» como tal, sino en el poseer que no respeta la calidad y la ordenada jerarquía de los bienes que se tienen. Calidad y jerarquía que derivan de la subordinación de los bienes y de su disponibilidad al «ser» del hombre y a su verdadera vocación”.

Vocación auténtica que implica un llamado a servir, que se realiza plenamente en la vida política. Parafraseando a Carlos Castillo Peraza debemos afirmar que la política no es, para la persona humana, una amenaza, sino una oportunidad, la única oportunidad real para vivir a plenitud. La negación de la política conlleva la renuncia a un deber auténtico y la delegación del trabajo político a quienes usualmente hacen de la política un sucio negocio.