Chile y el retorno a la sensatez

Noviembre 2025

Fernando Rodríguez Doval

La Nación

En octubre de 2019 un extraño movimiento revolucionario asoló a Chile. Miles de personas salieron a las calles a protestar sin tener una claridad exacta en la razón de su indignación. Proclamas vagas en contra del sistema político finalmente concluyeron en la supuesta necesidad de hacer una nueva Constitución. Ese estallido social sorprendió porque hasta entonces Chile era considerado como un ejemplo para América y para el mundo.

Después de haber vivido una intensísima polarización política en los años setenta, que condujeron a un régimen militar y a una fuerte división social, Chile había emergido a finales del siglo pasado como una democracia reconciliada con su historia, con un sistema político de avanzada y con una economía de mercado que había convertido a este país en uno de los más prósperos y con menos pobreza de la región. No se entendía, por lo tanto, la radicalidad de las protestas que pusieron en jaque la paz social tan trabajosamente construida. Y es que aquel octubre de 2019 se vandalizaron monumentos, se quemaron iglesias y la violencia reinó por doquier. Después se comprobaría que detrás de esas movilizaciones estuvieron grupos de extrema izquierda financiados por Cuba y por Caracas.

Los siguientes años Chile entró en una espiral de despropósitos. Se eligió como presidente a un inexperto líder estudiantil, Gabriel Boric, y se redactó una nueva Constitución que terminaba con libertades y consagraba en su texto los odios y resentimientos de clases sociales e identidades políticas. Ese texto fue venturosamente rechazado en septiembre de 2022. Y, mientras tanto, la mayoría silenciosa comenzaba a agruparse en otras expresiones. Menos ruidosas, pero más efectivas. El agua regresaba a su cauce.

El pasado domingo 16 de noviembre se llevó a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas. Los tres candidatos que podrían calificarse como “de derecha” obtuvieron en conjunto una amplia mayoría. Falta la segunda vuelta, pero todo apunta a que el próximo presidente será José Antonio Kast. Los seguidores del llamado “octubrismo” obtuvieron un resultado catastrófico, apenas seis años después de que se sentían imparables y creían soberbiamente que fundarían una nueva nación.

La experiencia chilena nos vuelve a demostrar que las revoluciones seducen y enamoran, pero en el fondo no resuelven los problemas de la gente. Decía Carlos Castillo Peraza que los partidarios del todo o nada tienen buena prensa y arrancan aplausos, pero que a la larga crean más felicidad los Adenauer que los Hitler.

Las elecciones han dejado claro que la gran mayoría de los chilenos ya no quieren experimentos ideológicos. Que repudian a quienes pretenden seguir dividiendo y sembrando el odio con base en los orígenes sociales, étnicos, sexuales o de cualquier tipo. Que quieren vivir en orden, con seguridad, y con un gobierno que no entorpezca a quienes invierten y crean empleos. Que saben que construir es lento y laborioso, mientras que la destrucción es cosa de segundos.

En suma, lo que ha triunfado en Chile es la sensatez y el sentido común. Y no es poca cosa en un mundo tan escindido y encolerizado.