Conspiraciones, México a través de seis siglos, Macario Schettino
Enero 2026
Julio Castillo López
Conspiraciones es un libro que busca entender México y no es un matiz menor. La historia suele leerse como un tribunal moral —con héroes inmaculados y villanos irredimibles—, pero Macario propone algo mucho más incómodo y, por lo mismo, más honesto: mirar cinco siglos de historia mexicana sin buenos ni malos, sino con sistemas, incentivos, estructuras y choques de racionalidades.
El libro arranca con una imagen poderosa y bien elegida: el abrazo entre Cortés y Moctezuma. No como postal épica ni como símbolo del bien contra el mal, sino como el encuentro radical entre dos mundos que no tenían manera real de comprenderse. Dos sistemas religiosos, políticos, económicos y comunicativos que no compartían códigos. Desde ahí queda claro el tono: no hay juicio, hay análisis.
Uno de los mayores aciertos del texto es su reconstrucción de las sociedades mesoamericanas sin idealización romántica. Ciudades complejas, religiones en construcción, dioses aún no plenamente consolidados, estructuras basadas en clanes —los calpultin— más que en individuos, y una población mayoritariamente rural organizada en altepeme. Frente a ello, llegan europeos con un monoteísmo expansivo, una lógica política medieval y una experiencia reciente de guerra religiosa total tras la Reconquista. El choque no podía sino producir una nueva síntesis (en términos hegelianos), violenta, improvisada y profundamente pragmática.
Macario explica con claridad que la conquista no fue una sustitución total de estructuras, sino una operación de reciclaje del poder. Los conquistadores eran pocos, la Corona estaba lejos y el territorio era inmenso. La única forma de gobernar fue mantener las estructuras existentes, cambiando a las élites y reordenando la legitimidad. De ahí la centralidad de la conversión religiosa, no sólo como convicción espiritual, sino como tecnología política.
Aquí aparece uno de los conceptos más sugerentes del libro: el corporativismo como herencia medieval. La Nueva España se organiza como un cuerpo: cabeza, brazos, manos; quienes mandan, quienes rezan y quienes trabajan. Un orden que no busca igualdad ni movilidad, sino estabilidad. Y que, con adaptaciones, sobrevivirá durante siglos. México no inventó el corporativismo en el siglo XX: lo heredó, lo reformuló y nunca lo abandonó del todo.
El relato histórico avanza con una lógica casi económica. No en el sentido técnico, sino en la comprensión de los incentivos. La Corona quiere tributos, los conquistadores quieren encomiendas, los frailes quieren utopías milenaristas. El equilibrio es inestable, pero funcional. Nueva España se convierte en la joya del imperio, mientras España se desgasta sosteniendo la Contrarreforma y guerras imposibles. Cuando los Borbones intentan transformar un reino en colonia saqueable, el sistema se rompe.
La independencia no aparece aquí como epopeya libertaria, sino como desintegración. Caída del árbitro, fragmentación interna, regiones enfrentadas, proyectos políticos fallidos. El México independiente hereda intacta la estructura corporativa, pero sin la figura que conciliaba. De ahí la violencia, las invasiones, las guerras civiles y la eterna búsqueda de un nuevo monarca, aunque ya no se llame rey.
El siglo XX se lee, con acierto, como un intento de reordenar ese caos. Calles y el PNR buscan restaurar al monarca civil; Cárdenas construye, por primera vez, un Estado impersonal. Pero lo hace sustituyendo corporaciones viejas por nuevas, no creando ciudadanía. El ejido rompe comunidades históricas; el sindicalismo crea élites desconectadas; el Estado redistribuye recursos no para generar desarrollo, sino para lubricar la fricción estructural.
Aquí el libro dialoga de manera muy sugerente con la teoría de la comunicación política. Las narrativas —religiosas, revolucionarias, nacionalistas— no son adornos, sino pegamento social. El nacionalismo revolucionario funciona como religión laica que legitima un sistema que no logra integrar ciudadanos plenos. Cuando los recursos se acaban, la narrativa se agota. La democracia fue una pequeña ventana de 25 años y luego el regreso corporativo.
El concepto de “conspiración”, que da título al libro, quizá es el punto más discutible. Durante buena parte del texto, el término no aparece como categoría analítica central. Es hasta el final donde Schettino resignifica la conspiración no como intriga oscura, sino como mecanismo histórico de coordinación: Cortés contra Velázquez, criollos contra peninsulares, liberales contra conservadores, revolucionarios entre sí. Conspirar como alternativa a la confrontación abierta; como forma de construir comunidad cuando las estructuras no alcanzan. Lo plantea como un llamado a la acción.
Desde una mirada crítica, se echa de menos un mayor reconocimiento al papel del PAN como fuerza que sí logró, aunque parcialmente, romper el corporativismo desde la ciudadanía y la institucionalidad. La historia reciente parece leerse demasiado en clave priista, como si el cambio político hubiera sido sólo una mutación interna del mismo sistema. Es una omisión relevante, considerando que la alternancia sí modificó incentivos y abrió espacios reales de ciudadanía, aunque luego se erosionaran.
Disfruto mucho la prosa de Macario, también sus podcasts y esporádicamente cruzar ideas. El libro es un diálogo largo. Los conceptos los ha probado en sus distintos contenidos, pero no cabe duda que es una compilación bastante virtuosa.
Julio Castillo López es Presidente de la Fundación Rafael Preciado Hernández. X: @JulioCastilloL