El ímpetu ético de Acción Nacional

Abril 2026

Javier Brown César

La Nación

La primera Convención Nacional del PAN de 1939 tuvo un final inesperado: el Partido no postuló candidato presidencial, pese a que en el ánimo de quienes asistieron estaba apoyar a un caudillo revolucionario. La apuesta por fortalecer la organización y por cimentar las bases de la doctrina y la acción política fueron superiores al deseo temprano de participar en la lucha por el poder. Así, el episodio electoral dio paso a la labor trascendente del Partido.

Desde esos tempranos días, Efraín González Luna defendió la opción ética por encima de los apetitos de poder. Su tesis principal fue elaborada bajo el ideal de la técnica de salvación entendida como “el reconocimiento de la preeminencia indiscutible de los valores permanentes y definitivos sobre las contingencias; la técnica de salvación no es otra cosa que la inclinación respetuosa ante todo lo que es y dura para siempre, aunque sea amargo, aunque sea doloroso, sobre lo que acontece y se suma en un momento efímero aunque sea sonriente, aunque sea feliz. La técnica de salvación no es otra cosa que la subordinación del episodio o de la anécdota, al destino”. Al año siguiente, en el contexto de la primera Convención Interregional de Tampico, don Manuel Gómez Morin postuló el motivo fundamental de la nueva organización: “A México salvaremos, pero es preciso luchar y legar a nuestros hijos la lucha como heredad; porque no es brega de un día, es brega de eternidad”.

Fue Efraín González Luna quien tuvo el mérito indiscutible de explicar la doctrina de Acción Nacional en términos accesibles, que pronto tuvieron una acogida entusiasta entre la ciudadanía. La doctrina, para el gran ideólogo “no es una disciplina accesible sólo para especialistas, no es un manjar reservado para intelectuales: es y quiere ser alimento para el pueblo, luz para todos los mexicanos, desde el más alto hasta el más bajo; respuesta integral para todas las amargas interrogaciones de la patria”. Consolidar la organización, difundir la doctrina, realizar actos de propaganda en todo el país para despertar la conciencia ciudadana y fortalecer la apuesta por una democracia con amplia participación ciudadana, fueron preocupaciones tempranas del panismo; no fue el poder lo que movió las almas al inicio, fueron las ideas.

En 1940 se aprobó el Programa Mínimo, el cual contenía las exigencias básicas para comenzar a cambiar a México, que había caído en una peligrosa deriva ideológica después de la Revolución. Para Bernardo Ponce este primer Programa “es el más elevado, el más salvador de todos los principios morales que se hayan podido condensar en una expresión política inmediata”.

No fue, al inicio, la descarnada lucha por el poder lo que movió las almas en el PAN, tampoco lo fue la conquista inmediata del poder, sino la apuesta de largo plazo que González Luna bosquejó bajo ideales realistas: “Quienes honradamente quieren fincar su criterio y su conducta política en la realidad, cualquiera que sea su procedencia política, cualesquiera que sean sus opiniones en otras materias, deben reconocer que, precisamente en momentos como el actual, en horas sombrías como las que la providencia ha querido que nosotros vivamos, urge con urgencia angustiosa superar lo circunstancial, lo pasajero, y abrazarse lo permanente, a lo definitivo. Esto es ser realista. Y creer en la realidad de sus valores, vivir conforme a su jerarquía, redescubrir las mejores esencias de la patria, serles inquebrantablemente fieles, refugiarse en el recinto esencial para salvar en él lo que más debe salvarse…”.

Los problemas que el Partido enfrentó en sus inicios se vieron agravados por una ofensiva gubernamental brutal: amenazas, intimidaciones, encarcelamientos e incluso asesinatos; pero esto no fue suficiente para contener el ímpetu ético de la nueva organización: “La nueva bandera levantada por la nación frente al régimen no lleva inscritas las leyes, las ideas de tiranía, de desorden, de violencia, de explotación, de oscuridad, de injusticia. Es una reivindicación, por el contrario, de la libertad real, del orden fecundo, del mejoramiento verdadero, de la paz justa, de la claridad mental y moral”.

El PAN de ayer, como el de hoy, enfrentó retos considerables. En tan sólo tres meses, en el aciago año de 1941, Efraín González Luna relataba diversos actos de represión y barbarie: aprehensión de militantes quienes acudían a un acto del Partido, el asesinato atroz de campesinos miembros del PAN, y la persecución y la amenaza de la horca para jefes de Comités. Pero como bien escribió Gómez Morin: “en este torbellino de ahora o en el mundo en ruinas que lo sucederá, sólo puede salvarnos la fe en los valores eternos y la esperanza de que los hombres y los pueblos podrán siempre entenderse con lealtad generosa, al amparo de esos claros valores del espíritu. Por esa fe y para esa esperanza, nació y vive Acción Nacional”.

El ímpetu ético del Partido es lo que ha hecho que, por encima de intereses selectivos, de la búsqueda de cargos y candidaturas, prevalezcan los intereses colectivos, los motivos espirituales que animan a la organización y que subordinan la búsqueda de cargos, a la conquista de causas sociales de enorme trascendencia. Ya lo decía María Ignacia Mejía en su mensaje a la Asamblea de 1944: “el derecho de votar o ser votadas nos tiene sin cuidado. Porque sabemos que no es el único medio, y ni siquiera para nosotras es uno de los medios principales para obtener la salvación y el engrandecimiento de México”.

A pesar de un entorno adverso, de constantes fraudes y coacciones, el PAN sobrevivió a su primera década, porque en el fondo, la lucha descarnada por el poder y los procesos electorales eran y son secundarios ante los valores espirituales que animan a la organización. Ya lo decía con tremenda claridad Efraín González Luna cuando habló de la opción moral, la que debe animarnos hoy y siempre: “Señores: distingamos y admitamos que no estamos luchando por obtener una victoria, no estamos luchando por conquistar una gloria, estamos luchando por el bien de México. La gloria, el triunfo, no se justifican como meta perseguida, porque esto sería ir detrás de una satisfacción; la gloria, el triunfo, sólo se justifican como realidades indirectas, como fulgor, como descanso, como sonrisa después de una lucha ardua, librada independientemente de que al término de ella estén o no estén la gloria y el triunfo”.